Su padre, el ex gran cirujano, se lo decía de otro modo. «Ayer hice un birdie en el hoyo cuatro. Mi putt mejora día a día. Y, Annabelle… ya va siendo hora de que te encuentres a ti misma.»

Sólo Nana Myrna le había ofrecido su apoyo. «Te encontrarás a ti misma cuando llegue el momento, cariño.»

Annabelle echaba de menos a Nana Myrna. Ella también había sido un fracaso.

– La carrera de contabilidad tiene mucha demanda -dijo su madre-. Cada vez más.

– También mi negocio -replicó Annabelle en un demencial acto de autodestrucción-. He conseguido un cliente muy importante.

– ¿Quién?

– Sabes que no puedo decirte su nombre.

– ¿Tiene menos de setenta?

Annabelle se dijo a sí misma que no mordería el anzuelo, pero no en vano se había ganado la reputación de fracasada en la familia.

– Tiene treinta y cuatro y es un millonario importante.

– Si es así, ¿por qué habría de contratarte a ti?

Annabelle apretó los dientes.

– Porque soy la mejor. Por eso.

– Ya veremos. -El tono de su madre se suavizó, como si hubiese decidido darle una tregua-. Sé que te puedo llegar a exasperar, cariño, pero lo hago porque te quiero y deseo que desarrolles tu potencial.

Annabelle suspiró.

– Lo sé, mamá. Yo también te quiero.

Finalmente, la conversación llegó a su fin. Annabelle guardó el móvil, cerró la puerta e introdujo la llave en el contacto. Acaso las palabras de su madre le escocieran tanto porque había en ellas mucho fondo de verdad.

Mientras sacaba el coche del párking, miró el espejo retrovisor y pronunció la palabra favorita de Jamison. Dos veces.

2

Dean Robillard entró en el club como una jodida estrella de cine, con una chaqueta de lino deportiva colgada de los hombros, unos pendientes de diamante brillando en los lóbulos de sus orejas y unas gafas Oakley que velaban sus ojos azul Malibú. Con la piel bronceada por el sol, la barba de tres días y el rubio pelo de surfista, todo reluciente y lleno de gel, era un regalo de Los Angeles a la ciudad de Chicago. Heath agradeció la distracción con una sonrisa. El chico tenía estilo, y la Ciudad del Viento le había echado de menos.



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