– ¿Conoces a Dean? -La rubia que intentaba cogerse del brazo derecho de Heath seguía con la mirada a Robillard, que regalaba su sonrisa a la muchedumbre como si avanzara por una alfombra roja. Tuvo que alzar la voz por encima de la música mala de la pista de baile del Waterworks, donde se celebraba la fiesta privada de aquella noche. Si bien los Sox estaban jugando en Cleveland y los Bulls aún no habían vuelto, los demás equipos de la ciudad estaban bien representados en la fiesta, principalmente los jugadores de los Stars y los Bears, pero también gran parte de los jugadores de los Cubs, un par de Blackhawks y un portero del Chicago Fire. A la mezcla también se sumaban un par de actores, una estrella del rock y mujeres, decenas de mujeres, a cuál más atractiva, el botín sexual de los ricos y famosos.

– Claro que conoce a Dean. -La morena que estaba a su lado izquierdo miró a la rubia con condescendencia-. Heath conoce a todos los jugadores de fútbol de la ciudad, ¿verdad, cariño? -Mientras hablaba, deslizó furtivamente una mano por la parte interior de su muslo, pero Heath procuró hacer caso omiso de su erección, del mismo modo que había estado haciendo caso omiso de sus erecciones desde que decidiera entrenarse para el matrimonio.

Entrenarse para el matrimonio era un verdadero infierno.

Se recordó a sí mismo que había llegado hasta donde estaba aferrándose a un plan, y que el siguiente paso era estar casado antes de cumplir los treinta y cinco. Su mujer sería el símbolo más importante de sus éxitos, la prueba definitiva de que había dejado atrás el párking de caravanas de Beau Vista para siempre.

– Lo conozco -dijo, sin añadir que esperaba conocerlo mucho mejor.



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