
– Heath, mi hombre.
Recibió a Sean Palmer con una sonrisa. El novato de los Chicago Bears era un chico bien parecido, alto y musculoso, de barbilla cuadrada y picaros ojos marrones. Ambos escenificaron una decena de complicados apretones de mano que Heath había llegado a dominar con los años.
– ¿Cómo le va a la Pitón esta noche? -preguntó Sean.
– No me puedo quejar. -Heath había trabajado duro para reclutar al fullback de Ohio, y cuando Sean fue elegido en noveno lugar para los Bears en la primera ronda del draft, fue uno de aquellos momentos perfectos que le compensaban de toda la mierda que tenía que tragar. Sean era un trabajador incansable proveniente de una gran familia. Heath estaba dispuesto a hacer todo lo posible por mantenerlo alejado de los problemas.
Hizo un gesto a las mujeres para que los dejaran solos, y Sean pareció momentáneamente decepcionado al verlas alejarse. Como todos en el club, quería hablar acerca de Robillard.
– ¿Por qué no estás allí, besando el flacucho culito blanco de Dean como todos los demás?
– Los besos los dejo para el ámbito privado.
– Robillard es un tío listo. Se va a tomar su tiempo antes de elegir un nuevo agente.
– No lo puedo culpar por ello. Tiene un gran futuro.
– ¿Quieres que hable con él?
– Por qué no. -Heath esbozó una sonrisa. Robillard no iba a dar un duro por las recomendaciones de un novato. La única opinión que le podía merecer respeto era la de Kevin Tucker, y ni de eso estaba seguro. Dean se debatía entre idolatrar a Kevin y guardarle rencor porque no había sufrido ninguna lesión durante la última temporada, lo que le había obligado a quedarse un año más en el banquillo.
