– Sé que odias estas cosas. Es un honor que nos hayas cedido tu tiempo.

– Era lo menos que podía hacer. Después de todo, el preparar la comida de tu boda cambió mi vida…

– Almorzar con Nick Jefferson podría hacer lo mismo -apuntó Beth-. ¿Has pensado alguna vez que yo podría ser tu hada madrina?

– No insinuarás que Nick Jefferson puede ser el Príncipe, ¿verdad?

– ¡Dios me libre! No desearía el Príncipe Encantado a ninguna mujer. Simplemente, piensa. Ha conocido a todas las bellezas de la tierra, pero luego ha elegido a Cenicienta al probarle su zapato. ¿No es bonito?

– Dicho de ese modo…

– Sí. Debo admitir que tienes el pie más pequeño que he visto, pero me parece que Nick busca algo más que eso en una mujer.

– ¿Rubias? ¿Con cuerpo de modelo? -sugirió Cassie.

– Bueno, ¿qué saben los hombres? Como hada madrina que soy, te aconsejo que dejes que te invite a almorzar.

– Te aconsejo que dejes ese tema, Beth. Oye, he descubierto un restaurante estupendo junto al río. ¿Qué opinas?

– ¿Tengo que decirte gracias?

– Es una buena respuesta.


Veinte plantas por encima de la tienda de Beth, en la Torre Jefferson. Nick Jefferson se enfrentaba a otro problema. El problema tenía nombre de mujer, y en aquel momento se estaba acercando a él. Verónica Grant, una rubia alta, esbelta y de belleza glacial era una mujerona increíble que había entrado a trabajar allí como consultora en el Departamento de Marketing. Tenía a todos los hombres embobados, incluso a los más viejos y a los casados.

Ella no los animaba en absoluto, era muy profesional, y limitaba sus conversaciones a su trabajo. Parecía no ser consciente de la testosterona que movilizaba a su paso por el edificio. Al menos eso parecía. Nick Jefferson no estaba seguro de ello. Debía de ser fingido.

La tentación de averiguarlo era irresistible.

No era que su nombre hubiera impresionado a Verónica Grant. Ella lo trataba con la misma amabilidad distante que a los demás.



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