
– Es posible -dijo él, mientras seguía hojeando el libro-. ¿Y qué opina acerca de todas estas tartas y pasteles? -preguntó él, deteniéndose en una página al final del libro-. ¿Tienen calorías también?
Ella se encogió de hombros.
– Ciertamente tienen crema. Él cerró el libro y le dijo:
– Tal vez debería poner un letrero en la cubierta advirtiendo contra los riesgos para la salud -dijo él levantando el libro y sonriendo. Los pliegues alrededor de la boca se pronunciaron al hacerlo.
– También tienen fruta fresca dijo ella-. ¿No ha oído decir que no está mal permitirse un poquito de lo que se desea?
– Es verdad. Es una filosofía con la que sinceramente estoy de acuerdo. Pero no en cuanto a la comida. Además, yo creía que lo que se buscaba en este momento era comida baja en calorías y sin azúcar añadida, ¿no es así?
La sonrisa de aquel hombre era muy seductora, y no había duda de que era muy atractivo, lo malo era que él lo sabía. Además, ella no era una rubia alta y esbelta, así que seguramente él estaría practicando con ella hasta que apareciera una rubia a su gusto.
– Sinceramente, prefiero no dedicarme a ello. Además, no es cuestión de que se coman esas calorías todos los días. Uno se puede cansar de algo muy rico, como los postres -apuntó ella.
Beth, que acababa de terminar con el cliente, volvió justo cuando Cassie se había puesto colorada.
– Si crees que los postres son potentes, amigo mío, deberías probar la empanada de Cassie -comentó Beth.
– ¿Sí? -preguntó Nick, mirando a Cassie a los ojos directamente-. Si compro la carne, ¿la prepararía para mí?
– Puedes comprarte un ejemplar del libro, Nick -le dijo Beth-. Es una buena inversión. Algún día se te acabarán las mujeres a quienes seducir, y tendrás que aprender a cocinar.
– Jamás he seducido a una mujer por su talento en la cocina, Beth -dijo él, sin quitar la vista de Cassie-. Esta ciudad está llena de buenos restaurantes.
