Era un paisaje ondulado. No demasiado extraterrestre a primera vista. En la distancia se encontraban grandes colinas con los perfiles suavizados por lo que podían ser bosques. La tierra estaba completamente cubierta de una vegetación que tenía el aspecto de hierba, aunque el camino visible que había dejado el robot sugería un material mucho más quebradizo. A intervalos irregulares, generalmente sobre lugares en donde la tierra era más elevada, surgían matorrales más altos. Nada parecía moverse, ni siquiera las frondas más delgadas de las plantas, pero en los receptores de sonido incrustados en el bloque de plástico se registraba un estruendo irregular casi constante. Excepto por el sonido, era un paisaje de vida inerte, sin viento ni actividad animal.

La máquina observó cuidadosamente durante varios minutos. Probablemente los distantes operadores tenían la esperanza de que alguna forma de vida, que se hubiera ocultado por miedo ante la caída del cohete, reapareciera; pero si era así quedaron decepcionados. Al cabo de cierto tiempo se arrastró hasta los restos de los aparejos del paracaídas y lanzó cuidadosamente un juego de luces sobre las cintas, cables y vigas metálicas, examinándolos con gran detalle. Luego, con aire resuelto, volvió a ponerse en movimiento.

Durante las diez horas siguientes investigó cuidadosamente el área general de aterrizaje, deteniéndose a veces para lanzar un rayo de luz sobre algún objeto o planta, observando a veces los alrededores durante varios minutos sin propósito obvio, o emitiendo en otras ocasiones unos sonidos de diferente tono y volumen. Esto último siempre lo hacía cuando estaba en el valle o por lo menos no se encontraba en lo alto de una colina, por lo que parecía estar estudiando los ecos.

Periódicamente, regresaba a los aparejos abandonados y repetía la cuidadosa observación, como si esperara que fuera a ocurrir algo.



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