Naturalmente, en un entorno con una temperatura de ciento setenta grados Fahrenheit, ochocientas atmósferas de presión y un ambiente compuesto de agua fuertemente unida a oxígeno y óxido sulfúrico, los cambios comenzaban a producirse pronto. Prestaba el mayor interés al progreso de la corrosión al devorar el metal. Algunas piezas duraban más que otras; era indudable que los constructores habían incluido diferentes aleaciones con la finalidad, posiblemente, de investigar este extremo. El robot permaneció en el área general hasta que el último trozo de metal desapareció en el barro.

Durante ese tiempo, y a intervalos irregulares, la superficie de la tierra se movió violentamente. A veces la sacudida estaba acompañada por los crujidos que habían llegado en los primeros momentos a los «oídos» del robot; otras veces se producían en un relativo silencio. Los operadores debieron inquietarse por ello en un principio; luego comprendieron que todas las colinas de los alrededores estaban bien redondeadas, carecían de riscos abruptos y que la tierra estaba libre de grietas o piedras desprendidas, por lo que no había motivo para preocuparse por los efectos de los estremecimientos en tan caro mecanismo.

La aparición de la vida animal constituyó un acontecimiento mucho más interesante. Muchas de las criaturas eran pequeñas, pero no menos fascinantes por ello si medimos el interés por las acciones que cada una provocaba en el robot. Examinaba todo lo que aparecía tan detenidamente como le era posible. La mayor parte de las criaturas tenían una armazón de escamas y estaban dotadas de ocho miembros; algunas parecían vivir en la vegetación local, mientras que otras debían corresponder a otro tipo de vida vegetal.

Cuando los aparejos metálicos desaparecieron totalmente, la atención de los operadores del robot se centró exclusivamente, y durante un largo tiempo, en los animales. La investigación se interrumpió varias veces debido a la pérdida de control.



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