
El proyecto de estudiar un planeta cuyo diámetro era tres veces superior al de la Tierra parecía tanto más ridículo en cuanto se había intentado con una única máquina exploradora. Si ése hubiera sido en realidad el plan, había sido ciertamente ridículo; pero los hombres tenían algo más en la mente. Una máquina es muy poca cosa, pero una máquina dirigida por un grupo de ayudantes, sobre todo si éstos pertenecen a un mundo de una cultura más amplia, es algo muy diferente. Los operadores tenían la esperanza de encontrar ayuda local… a pesar del entorno de condiciones extremadas en el que su máquina había caído. Eran hombres experimentados y sabían algo de la forma que la vida adopta en el universo.
Sin embargo, pasaron semanas y meses sin signos de alguna criatura que poseyera algo más que unos simples rudimentos de un sistema nervioso. Los hombres se habrían sentido más esperanzados si hubieran comprendido la forma en que funcionaban los ojos carentes de lentes y con diversas posibilidades de rotación de los animales; pero la mayoría de ellos ya se había resignado a enfrentarse a un trabajo cuya duración equivalía a la de varias generaciones. Fue una casualidad que cuando, finalmente, surgió un ser pensante, éste fuera descubierto por el robot. Si hubiese ocurrido de otra manera —si el nativo hubiera descubierto la máquina— la historia podría haber sido muy diferente en varios planetas.
La criatura era muy grande. Tenía nueve pies de alto, y en ese planeta podía pesar muy bien una tonelada. Se conformaba a la costumbre local en cuanto a las escamas y al número de miembros, pero caminaba erguido sobre los dos extremos, parecía no usar otros dos y se servía de los cuatro superiores como prensiles. Un hecho reveló su inteligencia: llevaba dos lanzas cortas y dos largas, todas ellas con una punta de piedra cuidadosamente cincelada, obviamente preparadas para usarlas en cualquier instante.
