
Cam bajó del Suburban. Era un hombre alto, de hombros anchos, y el vehículo grande le venía bien, le daba el espacio que necesitaba para la cabeza y las piernas. Cruzó el aparcamiento con paso ágil, sin prisas, llegó a la puerta de acceso restringido que había en un lateral del edificio de la terminal. Entonces deslizó su tarjeta de identidad para abrirla. Un estrecho vestíbulo conducía a su oficina, donde Karen estaba sentada tecleando aplicadamente en su ordenador. En un jarrón sobre su escritorio había flores frescas, cuya fragancia se mezclaba con la del café. Siempre tenía flores, aunque él sospechaba que era ella misma quien se las compraba. Su novio -un luchador profesional, barbudo, vestido de cuero negro y que era motero- no parecía ser del tipo de hombres que compran flores. Cam sabía que Karen tenía veinti muchos años, que le gustaba ponerse mechas negras en su corto pelo pelirrojo y que hacía funcionar la oficina de manera impecable, pero más allá de eso le daba miedo preguntar. Bret, muy al contrario, se había propuesto como objetivo incordiar lo indecible y la molestaba implacablemente.
– Buenos días, rayo de sol -la saludó Cam, porque, qué demonios, él a veces también disfrutaba molestándola.
Ella le lanzó una mirada torva por encima del monitor del ordenador y después volvió a su tarea. Karen estaba tan lejos de sentirse animada por las mañanas como Seattle de Miami. Bret había expresado una vez la teoría de que ella se pasaba la noche ejerciendo de perro guardián en una chatarrería, porque estaba tan malhumorada como uno de ellos y no se volvía algo humana hasta las nueve de la mañana, más o menos. Karen no había respondido nada, pero el correo personal de Bret había desaparecido durante un mes, hasta que éste comprendió y se disculpó, con lo cual su correo empezó a llegar de nuevo, pero se había retrasado cuatro semanas en todas sus cuentas.
