
El negocio iba bastante bien. Ahora daban empleo a tres mecánicos, a un piloto a media jornada, a un equipo de limpieza formado por una persona a tiempo completo y otra a tiempo parcial, y a Karen, la indispensable, que los dominaba a todos con mano de hierro y con una intolerancia total hacia el desorden. La empresa era solvente y los dos vivían bien de ella. Los vuelos diarios no ofrecían las emociones y los escalofríos de los vuelos militares, pero Cam no necesitaba una descarga de adrenalina para disfrutar de la vida. Bret, por supuesto, era de un tipo diferente; los pilotos de combate vivían para el exceso, pero se había acomodado y conseguía sus dosis ocasionales de adrenalina participando en la Patrulla Aérea Civil.
También habían tenido suerte con las instalaciones. El campo de aviación era perfecto para sus necesidades. Estaba cerca, sobre todo, de la sede central del Grupo Wingate, el principal cliente de J &L. El sesenta por ciento de sus vuelos los contrataban con Wingate, en la mayoría de los casos trasladando a altos ejecutivos de un lado a otro, aunque a veces la familia utilizaba J &L para realizar viajes privados. Además de la comodidad, el campo de aviación ofrecía un buen nivel de seguridad y una terminal superior a la media, en la cual J &L tenía una oficina de tres habitaciones. Las relaciones de Bret eran las que los habían llevado al negocio con Wingate y era él quien transportaba habitualmente a los miembros de la familia, mientras que Cam se ocupaba de trasladar a los directivos de la compañía. El acuerdo les venía bien a ambos, porque Bret se llevaba mejor que Cam con la familia. El señor Wingate había sido un buen tipo, pero sus hijos eran unos imbéciles, y la esposa-trofeo que había dejado era tan cálida y amistosa como un glaciar.
