
Optando por la precaución antes que por el valor, Cam no le dijo nada más. Se sirvió un café y se dirigió a la puerta abierta de la oficina de Bret.
– Has llegado temprano -comentó, apoyando un hombro contra el marco de la puerta.
Bret le lanzó una mirada agria.
– No por gusto.
– ¿Quieres decir que Karen te ha llamado y te ha dicho que movieras el culo y vinieras? -Detrás de él, Cam escuchó un sonido que podía ser tanto una risita como un gruñido. Con Karen era difícil distinguir lo uno de lo otro.
– Casi tan malo como eso. Un idiota ha esperado hasta el último momento para reservar un vuelo a las ocho.
– No los llamamos «idiotas» -intervino Karen automáticamente-. Te envié una nota. Los llamamos «clientes».
Bret estaba tomando un sorbo de café cuando ella habló. Su comentario provocó que se atragantara y se riera al mismo tiempo.
– Clientes -repitió-. Ya comprendo. -Señaló la hoja de papel donde había estado garabateando lo que Cam reconoció como un formulario de itinerario-. He llamado a Mike para que coja la vuelta de los Spokane esta tarde, en el Skylane. -Mike Gardiner era su piloto a media jornada-. Eso me deja libre para llevar el Mirage a Los Ángeles si tú quieres ocuparte de la vuelta de Eugene en el Skyhawk, o podemos cambiar, si prefieres hacer la vuelta de Los Ángeles.
El primero que llegaba a la oficina era el que tenía que empezar a hacer el papeleo, lo que era una razón para que Bret rara vez estuviera allí tan temprano. Se había dedicado a adecuar la autonomía de los aviones con la longitud de los vuelos, lo cual era sólo cuestión de sentido común, porque ahorraba tiempo si no tenían que detenerse para repostar. Normalmente, Cam hubiera preferido la vuelta de Los Ángeles, pero ya había hecho un par de vuelos largos esa semana y precisaba un pequeño descanso. También necesitaba unas horas en uno de los Cessnas; volaba tanto en el Lear y en el Piper Mirage que tenía que hacer un esfuerzo para echar horas en los aviones más pequeños.
