
– Sí, así es.
– ¿Adónde?
Cam hubiera querido decirle a aquel gilipollas que el destino de la señora Wingate no le importaba, pero, gilipollas o no, era un Wingate, y seguramente tendría mucho que decir sobre si J &L continuaba o no haciendo negocios con el Grupo Wingate.
– A Denver.
– ¿Cuándo vuelve?
– No tengo la fecha exacta delante, pero creo que aproximadamente dentro de dos semanas.
La única respuesta fue el corte de la comunicación, sin un «gracias», «bésame el culo» o algo por el estilo.
– Bastardo -murmuró mientras colgaba el auricular.
– ¿Quién?
La voz de Karen flotó a través de la puerta abierta. ¿Había algo que ella no oyera? Era el demonio, el golpeteo de las teclas del ordenador nunca se detenía, nunca dudaba. Aquella mujer era verdaderamente aterradora.
– Seth Wingate -contestó.
– Estoy de acuerdo contigo en eso, jefe. Está vigilando de cerca a la señora Wingate, ¿eh? Me pregunto por qué. Esos dos no se pueden ver.
No le sorprendía eso; la primera señora Wingate, a la que había conocido fugazmente, pero que le gustaba de verdad, había muerto hacía poco más de un año, antes de que el señor Wingate se casara con su secretaria personal, que era más joven que sus dos hijos.
– Quizá va a celebrar una fiesta en casa mientras ella está fuera.
– Eso es infantil.
– Como él.
– Por eso probablemente el señor Wingate, el viejo, la dejó a cargo del dinero.
Sorprendido, Cam se levantó y se acercó a la puerta de su oficina.
– Estás bromeando -dijo a su espalda.
Ella lo miró por encima del hombro; sus dedos todavía volaban sobre las teclas del ordenador.
– ¿No lo sabías?
– ¿Cómo podría saberlo? -Ninguno de los miembros de la familia ni de los ejecutivos de la compañía hablaba de sus finanzas con él, y tampoco creía que le hicieran confidencias a Karen.
