
– Voy de camino -afirmó él, cortando la comunicación y saliendo a toda velocidad hacia el baño. Se duchó y se afeitó en cuatro minutos y veintitrés segundos, se puso uno de sus trajes negros, cogió su gorra y el maletín que siempre tenía preparado, porque a menudo surgían imprevistos como éste, y en seis minutos se encontraba en la puerta. Retrocedió para apagar la cafetera, que estaba programada para empezar a funcionar en una hora aproximadamente, y entonces, como no sabía si tendría tiempo para pararse a desayunar, cogió unas barritas energéticas de cereales de la alacena y se las guardó en el bolsillo.
Mierda, mierda, mierda. Maldecía en voz baja mientras zigzagueaba entre el tráfico de la mañana. Su pasajera sería la gélida viuda Wingate. Bret se llevaba bien con ella, pero Bret se llevaba bien con casi todo el mundo; las pocas veces que Cam había tenido la mala suerte de estar cerca de ella, había actuado como si se hubiera tragado el palo de una escoba y él fuera un mosquito en el parabrisas de su vida. El había tratado con personas de esa clase, en la vida militar; esa actitud no le iba entonces y ahora con toda seguridad tampoco. Mantendría los labios cerrados a toda costa, pero si ella le decía alguna impertinencia, le daría el vuelo más afilado de toda su vida, haciéndole vomitar las tripas antes de llegar a Denver.
Recorrió el trayecto en un tiempo récord. Vivía en las afueras de Seattle, e iba alejándose de la ciudad en vez de acercarse, así que la carretera estaba relativamente despejada mientras que en el otro sentido había una cinta compacta de vehículos. Aparcó en su plaza sólo veinte minutos después de colgar el teléfono.
