– Eso es velocidad -observó Karen cuando entró en la oficina con el maletín en la mano-. Tengo más malas noticias.

– Suéltalas. -Dejó el maletín para servirse una taza de café.

– El Mirage está en el taller y Dennis dice que no estará listo a tiempo para el vuelo.

Cam tomó un sorbo de café en silencio mientras pensaba en la logística. El Mirage podría haber llegado a Denver sin repostar. El Lear también, obviamente, pero lo usaban para grupos, no para una única persona, y aunque podía pilotar el Lear él solo, prefería llevar un copiloto. Ninguno de los Cessnas poseía suficiente autonomía, pero el Skylane podía llegar a una altura máxima de seis mil metros aproximadamente, mientras que el tope del Skyhawk era de cuatro mil quinientos. Algunas cumbres de las montañas de Colorado alcanzaban los cinco mil, así que la elección del avión no era como para matarse a pensar.

– El Skylane -dijo-. Repostaré combustible en Salt Lake City.

– Eso pensaba -dijo Bret, saliendo de su oficina. Su voz era tan áspera que sonaba como una rana concongestión nasal-. He dicho a la tripulación que lo preparara.

Cam levantó la vista. Karen no había exagerado nada el estado de Bret; más bien se había quedado corta. Sus ojos estaban ribeteados de rojo y tan hinchados que sólo se veía una estrecha rendija de iris azul. Tenía la cara cubierta de manchas y respiraba por la boca. En resumen, tenía un aspecto lamentable y su expresión de abatimiento era también indicadora de cómo se sentía. Fuese lo que fuese que tuviera, Cam no quería pillarlo.

– No te acerques -le advirtió Cam, extendiendo la mano como un guardia de tráfico.

– Ya lo he rociado con Lysol -dijo Karen, mirando ferozmente a Bret desde el otro lado de la oficina-. Una persona que tuviera un mínimo de sentido común se habría quedado en casa y habría llamado, en vez de venir al trabajo a propagar sus virus.



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