– ¿Le importaría sentarse en la otra plaza, por favor? -indicó él con un tono de voz que sugería más una orden que una petición, a pesar del «por favor» que había añadido.

Ella no se movió.

– ¿Por qué?

Llevaba fuera de las Fuerzas Aéreas casi siete años, pero las costumbres militares estaban tan profundamente arraigadas que a Cam poco le faltó para gritarle que moviera el culo de inmediato, lo cual probablemente habría provocado la cancelación de su contrato en el plazo de una hora. Tuvo que apretar los dientes, pero se las arregló para decir en un tono relativamente neutro:

– Nuestro peso estará mejor equilibrado si se sienta en el otro lado.

Silenciosamente ella se pasó al asiento derecho y se abrochó el cinturón. Abrió el bolso, sacó un grueso libro encuadernado en piel y se concentró de inmediato en él, aunque sus gafas eran tan oscuras que él dudaba que pudiera leer una sola palabra. Aun así recibió el mensaje, alto y claro: «No me hables». Bien. No quería hablar con ella más de lo que ella quería hablar con él.

Se subió a su puesto, cerró la puerta y se puso el auricular. Karen los despidió con la mano antes de volver al interior del edificio. Después de arrancar el motor y revisar automáticamente que todas las lecturas de datos fueran normales, se deslizó desde la rampa hasta la pista. Ni una sola vez, incluso durante el despegue, levantó ella la vista del libro.

Sí, pensó él irónicamente, iban a ser cinco horas muy largas.

Capítulo 4

«Estupendo», pensó Bailey en cuanto vio al capitán Justice saltar de la cabina del piloto del Cessna y caminar hacia la puerta. Era imposible confundir su figura, más alta, más esbelta, de hombros anchos, con la de Bret Larsen, el piloto que habitualmente la llevaba en sus viajes. Bret era alegre y sociable, mientras que el capitán Justice era sombrío y mostraba una desaprobación silenciosa. Desde que se había casado con Jim Wingate, se daba cuenta de forma inmediata de cuándo esa actitud iba dirigida contra ella, y aunque nunca se definiría como susceptible, tenía que reconocer que todavía la cabreaba.



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