Estaba harta de que la consideraran una caza-fortunas de corazón frío que se había aprovechado de un hombre enfermo. Toda aquella situación había sido idea de Jim, no suya. Sí, ella lo hacía por el dinero, pero, maldita sea, se ganaba el sueldo que le pagaban cada mes. Las herencias de Seth y Tamzin no sólo estaban seguras bajo su dirección, sino que aumentaban a buen ritmo. No era un genio de las finanzas en modo alguno, pero tenía intuición a la hora de invertir y conocía perfectamente los mercados. Jim siempre la había considerado demasiado cautelosa en sus inversiones personales, pero eso era exactamente lo que él quería para gestionar los fideicomisos.

Podía poner un anuncio en el periódico explicando todo eso, pero ¿por qué tenía que justificarse ante la gente? Que se fueran al diablo.

Esa era una filosofía fácil de adoptar con los antiguos amigos de Jim, que ahora eran demasiado importantes como para codearse con ella; es más, se sentía feliz de no tener que pasar tiempo con ellos. De todos modos, nunca los había considerado sus amigos. A pesar de ello, tenía que pasar varias horas encerrada en un pequeño avión con el Señor Amargado, a menos que decidiera anular el vuelo y esperar hasta que Bret estuviera bien de nuevo, o comprar un billete en un vuelo comercial a Denver.

La idea era tentadora. Pero tal vez no pudiera salir en el siguiente vuelo, suponiendo que lograra llegar al aeropuerto a tiempo para alcanzarlo, y su hermano y su cuñada ya iban de camino hacia Denver desde Maine. Logan había alquilado un cuatro por cuatro y lo tenía preparado para esperarla cuando aterrizara su avión. Hacia las ocho de la noche tenían que estar en el puesto avanzado que habían elegido para disfrutar de dos semanas de rafting. Todo ello le sonaba a gloria a Bailey: dos semanas sin móvil, sin miradas frías o desaprobadoras y, sobre todo, sin Seth ni Tamzin.



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