Los amigos de Jim eran, en buena medida, de su edad, y muchos habían sido amigos de su primera esposa, Lena. Algunos conocían también a Bailey de antes, en condición de secretaria personal de Jim. Se sentían incómodos con ella en su papel de esposa. Demonios, incluso ella se había sentido incómoda, así que no podía culparlos por experimentar lo mismo.

Aquélla no era la vida que había imaginado. Sí, el dinero era agradable -muy agradable-, pero no quería pasar el resto de su vida acumulando riqueza para dos personas que la despreciaban. Jim se había convencido de que la humillación que le supondría a Seth tener su herencia controlada por una madrastra tres años más joven que él lo impulsaría a comportarse como un adulto responsable, y no como una versión masculina, con algunos años más, de Paris Hilton; pero hasta el momento eso no había sucedido, y Bailey no tenía ya fe en que fuera a ocurrir alguna vez. Seth había tenido muchas oportunidades de aplicarse, de interesarse por la empresa que financiaba su estilo de vida despilfarrador y perezoso, pero no había aprovechado ninguna. Seth había sido la esperanza de Jim, porque Tamzin no mostraba el más mínimo interés y era absolutamente inepta para el tipo de decisiones que requerían tan enormes cantidades de dinero. En lo único que estaba interesada Tamzin era en el resultado final, es decir, el dinero contante y sonante a su disposición; y quería toda su herencia ahora, para poder gastarla a su gusto.

Bailey no pudo evitar hacer una mueca ante ese pensamiento; si Tamzin tuviera el control de su herencia, despilfarraría todo el dinero en cinco años a lo sumo. Si Bailey no controlara los fondos, alguna otra persona tendría que hacerlo.

Justo cuando cerraba la ducha y estaba cogiendo una toalla color champán para envolverse en ella, sonó el teléfono.



4 из 269