Enrollándose otra en torno al pelo mojado, salió de la ducha y descolgó el teléfono inalámbrico del vestidor, miró la identidad de la persona que llamaba y volvió a colgar sin contestar. El número permanecía oculto; ella había registrado todos sus números de teléfono en la lista nacional de llamadas restringidas, así que ese número sin identificador no era probable que fuera el de un vendedor. Eso significaba que Seth se había levantado temprano pensando en los insultos que podía soltarle, pero se negaba a dirigirle la palabra antes de tomarse un café. Su sentido del deber llegaba bastante lejos, pero esto rebasaba esos límites.

Sin embargo, podría haber surgido algún problema. Seth iba continuamente a fiestas y rara vez se acostaba antes del amanecer, al menos en su cama. No era propio de él llamar tan temprano. Sintiendo que su sentido del deber se extralimitaba un poco, cogió el teléfono de nuevo y apretó el botón, aunque el contestador automático ya debía de haber saltado.

– Diga -dijo sobre el mensaje grabado con la voz masculina enlatada que estaba predeterminada por la compañía telefónica. Lo había conservado en vez de grabar su propio mensaje porque aquella voz resultaba más impersonal.

El contestador se detuvo a mitad de una frase cuando ella descolgó, se escuchó un pitido y la grabación se interrumpió después.

– Hola, mamá.

En la voz de Seth se apreciaba un intenso sarcasmo. Ella suspiró mentalmente. No había ningún problema; Seth estaba simplemente ensayando una forma nueva de fastidiarla. Que la llamara «mamá» un hombre más viejo que ella no le molestaba; pero tratar con él, ciertamente, sí.

La mejor forma de manejar a Seth era no mostrar ninguna reacción; finalmente se cansaría de incordiarla y colgaría.

– Seth, ¿cómo estás? -contestó con el tono frío y neutro que había perfeccionado mientras trabajaba como secretaria personal de Jim. Ni su tono ni su expresión habían revelado nunca nada.



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