
– Las cosas no podrían ir mejor -contestó él con falsa alegría-, si tenemos en cuenta que la puta hambrienta de dinero de mi madrastra vive básicamente de mi herencia, mientras que yo no puedo ni tocarla. Pero ¿qué puede importar un pequeño robo entre parientes?
Generalmente ella dejaba pasar los insultos. «Puta» era el primero que le había soltado en el momento en que había oído las disposiciones testamentarias de su padre. Seth la había acusado de haberse casado con su padre por el dinero, y de haberse aprovechado de la enfermedad de Jim para convencerlo de dejar bajo su control incluso el dinero de sus hijos. También, con amenazas, había prometido impugnar el testamento en los tribunales, momento en el que el abogado de Jim había suspirado fuertemente y le había aconsejado no seguir adelante con semejante iniciativa, porque lo consideraba una pérdida de tiempo y de dinero; Jim había llevado las riendas de su imperio en plenas facultades hasta pocas semanas antes de su muerte, y el testamento lo había firmado casi un año antes de eso; el día después de su boda con Bailey, de hecho. Después de escuchar al abogado, Seth se puso de color púrpura y dirigió a Bailey una expresión tan vulgar que todos los que estaban en la habitación se habían quedado estupefactos, mientras lo veían salir como una tromba. Bailey se había acostumbrado desde entonces a no mostrar ninguna reacción, así que ahora un simple «puta» no era probable que le hiciera perder los estribos.
Por otra parte, que la llamara ladrona estaba empezando a hartarla.
– Hablando de tu herencia, hay una oportunidad de realizar una inversión que quiero estudiar -dijo suavemente-. Para maximizar los beneficios, necesitaría invertir en la operación la mayor cantidad posible. No te importaría que rebajemos a la mitad tu mensualidad, ¿verdad? Temporalmente, por supuesto. Un año aproximadamente sería suficiente.
