– Perfecto -replicó entonces-, pero yo no conozco la suya.

– No esperaba otra cosa. Hace mucho tiempo, comandante.

En realidad, aquél no era su rango, pero, aunque lo hubiera sido, Tannis percibió de inmediato que su interlocutor no pertenecía a la Marina porque… porque comandante era meramente un modo de llamarle y no un rango superior o subordinado al de la persona que le llamaba. No, su interlocutor no tenía rango. Pero había algo en su voz que recordaba, aunque, incluso a medida que se iba formando el recuerdo, se dio cuenta de que aquella voz se había ocultado a sí misma deliberadamente, se había tragado a sí misma, se había amortiguado con el tiempo y la distancia, con todos aquellos años y todos aquellos kilómetros de desierto en la noche. Entonces, mientras Tannis se acercaba cada vez más, la voz volvió a cambiar, dando la vuelta en otra curva del túnel.

– Nos conocimos muchos años atrás, mi almirante. Yo soy un amigo. Un viego amigo

Tannis se detuvo a pensar y, durante unos últimos segundos, el día, tan corriente, recobró su impulso. Había estado en el banco, había arreglado un rastrillo, había contemplado la puesta del sol… El teléfono había sonado. Aquel hombre había contestado: «Un viejo amigo, de hace muchos años…» Era posible, por supuesto. Le había llamado «comandante», aunque años atrás le habían ascendido a capitán. O quizá se trataba de una broma y debía seguirla. Pero no era del tipo de bromas que a él le gustaba y raramente las seguía.

– ¿Quién demonios es usted? -preguntó-. ¿Cómo se llama, amigo?

– Mi apellido… no tiene importancia -replicó el hombre.

«Mi apellido no tiene importancia…» Pero, de repente, Tannis supo que sí la tenía. Se sintió irritado, simplemente porque no lograba recordar quién era aquel bromista, aunque lo había tenido en la punta de la lengua.



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