– Escuche -dijo-, escuche amigo, yo no respondo a nadie a menos que sepa con quién demonios estoy hablando. Así que, ¿cómo se llama?

Un sonido peculiar le llegó del otro lado de la línea, una especie de cloqueo, un sonido reprobatorio y decepcionado, algo remilgado y característico, que, cuando pensó en él más tarde, creaba la impresión de que el hombre podía ser europeo, alemán u holandés, francés incluso, pero definitivamente no mexicano. Tannis se había pasado la vida en el desierto y conocía todas las variedades del mexicano, desde los suaves acentos de las ciudades fronterizas a la pastosa elocuencia del distrito federal, y sabía que aquel hombre no era nativo. El hombre volvió a cloquear:

– No, Jack. Deberías comprenderlo. Mi nombre no. Por teléfono no.

– Como quiera. Voy a colgar.

– No. Escucha…

– Cinco segundos. Le doy cinco segundos. Éste es el primero. Dos, tres, cuatro…

– No cuelgues, Jack. Si quieres un nombre, te daré un nombre. Harper. Ahí tienes un nombre. David Harper. Si realmente no sabes quién soy, por lo menos debes recordarlo a él.

Harper… Tannis no había oído ese nombre al menos en veinte años y no había pensado en él desde… pero no recordaba ya desde cuándo. Y por raro que parezca, aunque reconoció el nombre al instante, no fue exactamente en Harper en quien pensó, o al menos no directamente; otro recuerdo le vino a la mente, en realidad el recuerdo de un recuerdo. Años atrás, viajando en su coche camino de San Diego y en un cierto momento, había apartado la mirada de la autopista (un instante como el del cierre del obturador de una cámara) y había vislumbrado un pequeño rancho, enclavado entre dos grandes zonas urbanizadas, una visión tan anacrónica que era por sí misma una apertura hacia el pasado: un potrero con la cerca pintada de un blanco resplandeciente, una mujer cabalgando a su alrededor sobre un caballo negro como el carbón, un sombrero de vaquero colgando del cuello y dando saltos sobre su espalda.



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