Entonces, el sombrero le había dado la clave, de repente un rostro arrebolado y nervioso lo miraba y una melodiosa voz inglesa exclamaba «¡Cielos, debo parecerme a Dale Evans!» La mujer de Harper… Ahora recordaba incluso su nombre. Diana. La recordaba porque… pero con Harper, la mujer y todo lo que había ocurrido no era cuestión de tener que recordar en absoluto, una vez más sencillamente lo sabía. Excepto por una extraña particularidad, puesto que al tratar de evocar el rostro de Harper no halló nada, sino un vacío absoluto. ¿Cómo había sido Harper? Tannis no tenía la menor idea. Pero su hombre misterioso le urgía ya:

– ¿Tannis? ¿Estás ahí?

– Usted no es Harper.

– No. Por supuesto que no. Por lo que yo sé, Harper podría estar muerto. Pero te acuerdas…

– Me acuerdo de Harper.

– Bien, amigo mío. Tenemos que hablar de eso. De los viejos tiempos, si te parece. Los buenos y viejos tiempos.

– Hable pues.

– Ya te lo he dicho. Por teléfono no.

– Entonces quizá no sea tan importante.

– Sin juegos, por favor. No tenemos tiempo, créeme. Escucha, hay un restaurante en Ridgecrest al que solía ir todo el mundo, el Hideaway. Aún está ahí, por lo que veo. Ve allí…

– No pienso ir.

– Irás. Digamos que correré ese riesgo. Ve allí a las nueve. Entra…

– Ni hablar.

– Calla un momento y escúchame. Entra. Pide alguna cosa si quieres. Yo llegaré más tarde. ¿Comprendes? Debo asegurarme de que estás solo.

– Vete a la mierda. No iré.

– Eso es todo…

Y la línea quedó muerta.

Harper…

Durante unos instantes Tannis no se movió. Exteriormente demostraba una perfecta calma. Y cuando se movió, fue sólo para encender otro Lucky con su viejo Zippo de latón. Volvió sin prisa a la sala de estar, siguiendo exactamente sus pasos anteriores y terminando exactamente en el mismo lugar donde antes había estado.



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