Como en esa mano que le agarraba el cinturón y que de pronto el soldado empezó a arañar con una furia histérica, hasta sentir que la piel se abría y que nuevos tejidos aparecían en el filo de las uñas.

Volvió a correr y volvió a ser cazado. Muchas veces en esa noche. Pero el extraño no quiso nunca soltar la cazadora y eso le dio siempre una ventaja: la ventaja de enloquecer contra una única mano que tenía al otro extremo un ser completamente convencido de que con una mano bastaba. La de saber que su locura y su miedo podían resistir a una única mano del enemigo. Aunque no supiera durante cuánto.

4

– Tienes que ir, Martin -aunque también había otros que decían sólo Marti, con una dificultad extraña en la pronunciación-. Nosotros vamos contigo, te lo juramos, pero tú tienes que ir, Martin.

Martin iba mirando a las caras que le estaban hablando. Era más delgado que los otros chiquillos, pero también mucho más alto. Al final, Martin se quedó fijo en la de uno que se parecía a él. Sólo se parecía en la piel blanca, pero eso bastaba para que los dos se distinguieran del resto de los muchachos, de piel casi negra y pelo duro y crespo. También les distinguía la ropa. Los muchachos oscuros llevaban camisas y pantalones de persona mayor.

– ¿Tú qué dices, Jorge? -preguntó.

– Nehedid, Larbi y yo hemos estado hablando antes de que tú llegaras. Pensamos lo mismo. Falta lo que diga Abdellah -la forma de contestar de Jorge dejaba bien claro que Martin no podría apoyarse en él para esquivar el asunto.

– Hay que darle a los Comerciantes -sentenció-. Pero pregúntale a Abdellah. Abdellah puede decírtelo.



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