
Abdellah era el más pequeño de todos. Llevaba una pierna encogida y una muleta. En esa pierna, el pantalón flotaba.
– Pues habla, Abdellah -dijo Martin suavemente.
– Yo no tengo nada que decir. Lo que digáis todos -el chiquillo miraba a la goma donde se apoyaba la muleta y jugaba con ella como si quisiera escribir un mensaje en el polvo de la callejuela de casas bajas y azules.
Jorge adelantó un paso hacia él.
– ¿Que no tienes nada que decir? ¿Eso lo dices tú? -gritó fuera de sí.
– Aquí no vendrán los Comerciantes -murmuró el cojo-. En el zoco estamos seguros.
Jorge y los otros dos le miraron con un gesto de repugnancia. Abdellah dejó de jugar con la muleta y la pegó a su cuerpo como si alguien hubiera amenazado con quitársela.
– Por lo menos, cuéntale a Martin lo que pasó -Jorge había cerrado los puños con los brazos tensos hacia abajo, en una postura algo militar.
– Tienes que hablar, Abdellah -dijo Martin poniéndose a la altura de Jorge y desplazándole un poco con el hombro.
El cojo le miró desde lo más profundo de su muleta, de una forma con la que Abdellah parecía expresar una culpa escondida, no por algo particular, sino por muchas cosas y, sobre todo, por ser Abdellah.
– No fue nada. Fue una broma como muchas veces. Nada.
– ¿Nada? -volvió a gritar Jorge -. Larbi te vio. ¿Quieres que lo cuente Larbi?
– ¡Calla! -ahora fue Martin el que gritó-. Lo va a contar Abdellah. Déjale en paz.
El cojo estaba a punto de llorar. Llegó a hacer un puchero raro, de niño mucho más pequeño que él.
– Yo estaba a la puerta de la tienda de Yibari a ver si me mandaba a por algo, como todas las mañanas. Ahora Yibari no quiere que entre en la tienda y que espere allí. Dice que tengo que esperar en la puerta. Y no en la misma puerta, sino en el soportal.
– ¡Eso ya lo sabemos!
– ¡Tú también te callas, Nehedid! -ordenó Martin sin dejar de mirar a Abdellah.
