
– Entonces llegaron los Comerciantes. Estaban Botho, José Mari y Curro. Pasaron por delante sin hacerme nada, pero vi que el alemán me miraba de reojo. Después dieron la vuelta al jardín de la plaza, yo no les veía, pero sabía que iba a pasar algo.
– ¿Por qué no te fuiste? -preguntó Martin.
– ¿Adonde? -el cojo hizo una pausa larga antes de continuar-. Si tenían una idea, yo no iba a poder escapar.
– Entonces, haberte metido en la tienda de Yibari.
– No, eso no. Él me ha dicho que no entre. Quiero hacer recados para Yibari.
– ¿Y si te hubiera pasado algo grave? -Primero son los recados para Yibari -Abdellah miró al suelo para decirlo-. Me escondí en la pilastra, pero eso es una tontería -continuó el tullido-. De pronto aparecieron por detrás del jardín y Botho llevaba un orinal en la mano. Yo no sabía lo que había dentro del orinal. Corrí todo lo que pude, pero me cazaron. Yo quería llegar al zoco, lo tenía cerca, pero ellos se dieron cuenta y atajaron.
– ¿Tú no estabas allí? -preguntó Martin de pronto, con un reproche claro, al que llamaban Larbi.
– Yo no estaba, no estaba -Larbi movía mucho las manos, más que moverlas las agitaba como si tuvieran un motor aparte del cuerpo-. Sólo estuve al final, cuando se lo dijeron. Fui corriendo a ver lo que le había pasado a Abdellah que estaba en el suelo. Ellos ya se iban marchando. Y también a mí me lo dijeron.
– Pasaban corriendo y hacían como que me volcaban el orinal en la cabeza pero nunca me lo volcaban. Yo daba gritos y pedía socorro.
– Yo escuché los gritos desde detrás del café de don Pedro -dijo Larbi -. Gritaba como un bicho degollado.
– Pero nadie vino a ayudarme. La gente le tiene mucho miedo a los Comerciantes. A los padres de los Comerciantes. Dan trabajo y pueden no dar trabajo. Sólo algunos les decían cosas, pero desde lejos, sin ponerse en medio.
