– ¿Y Yibari no salió?

– No, no salió -el que contestó fue Larbi, porque a Abdellah le había desconcertado la pregunta y estaba pensando.

– No había nada en el orinal -seguía pensando con el gesto en lo de antes -, pero yo no lo sabía. Hubiera preferido que hubiese algo en el orinal, porque así sólo me lo habrían tirado una vez y yo sólo habría chillado una vez. Al final, me tiré al suelo y me quedé esperando. Fue entonces cuando me lanzaron el orinal y vi que no había nada. Dijeron que nos esperaban ahora al principio del puente del Lucus, para que tú te pelees con Botho.

– Botho dijo que tú le tienes miedo, Martin, y que, si no, se verá. Y que podemos ir los cinco y que ellos llevarán también a cinco.

– ¡Pero no hay que ir! -chilló Abdellah-. En el zoco estamos seguros.

– ¡No vengas tú si no quieres, cojo! -chilló aún más fuerte Jorge, crispando las mandíbulas y con ojos de fiera.

– No vuelvas a llamarle cojo en tu vida, Jorge – dijo Martin con una tranquilidad extraña, como si ya hubiera decidido lo que haría con Jorge en caso de que volviese a llamar cojo a Abdellah.

– ¿Y eso qué más da? ¡Soy cojo! ¡Sí, soy cojo! ¡A mí qué me importa! -Abdellah tenía lágrimas en los ojos, pero eran lágrimas que no iban a saltar-. ¡A mí qué me importa! ¡A ver si os enteráis de que no me importa nada! Pero no hay que ir porque es una trampa. Los Comerciantes siempre dicen una cosa y hacen otra.

– Si es una trampa, la veremos desde el puerto. En el sitio del puente no pueden esconder nada -dijo Jorge, más calmado.

– La veremos -repitieron Nehedid y Larbi a coro.

– ¡Es que no es eso! – Abdellah lo dijo con la voz de alguien que llora, pero las lágrimas no aparecían.

– Entonces, ¿qué es, Abdellah? -preguntó Martin apoyando una mano en su hombro.

– Nada -contestó el cojo mirando al lado contrario de donde había caído la mano de Martin.

– ¿Qué es, Abdellah? -repitió Martin.



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