
Bajaron la cuesta hasta el puente, dejando la barrera a la izquierda, con la precaución de una patrulla en territorio enemigo. Les vieron enseguida. Eran también cinco y estaban acodados con aire indiferente en la barandilla. Las casas de los pescadores estaban silenciosas a esa hora de la tarde.
– No hay nadie más -dijo Jorge.
– Sería mejor esperarles aquí -murmuró Abdellah echando una mirada recelosa a las fachadas de la derecha.
– Tú quédate, Abdellah -dijo Martin mirándole con resolución.
– No hagas eso. Por favor, no hagas eso.
– Soy yo el que te pide favor -dijo Martin.
– Han dicho cinco. Si me dejas aquí, ya no valdré lo mismo que cualquiera. No valdré por uno. No valdré nada. Déjame elegir.
Martín se paró y estuvo observando durante varios segundos la figura contraída y apoyada en la muleta. Tenía la esperanza de que los otros hablaran para convencer a Abdellah. Pero nadie dijo nada.
– Elige -contestó tristemente.
Dieron la vuelta a un recodo. Entonces, el puente quedó casi debajo y un poco a la izquierda. Los reflejos del sol eran más anchos en las dos clases de agua que se mezclaban en el puente. Abdellah no miraba a ese lado. Las casas corridas de los pescadores tenían ahora cortes estrechos y pendientes que se empinaban hacia la medina.
Al siguiente recodo, el grupo quedó completamente de espaldas a lo que Abdellah seguía mirando y de frente a los de la barandilla, que parecían haber estudiado su indiferencia hasta el final. Sólo tenían que bajar unas decenas de metros, por una cuesta de suelo socavado y descompuesto, para encontrarse en el lugar de la cita.
El grupo aminoró el paso. Martin debió de darse cuenta.
– Vamos -dijo con una firmeza demasiado tensa como si la boca no se hubiera abierto del todo.
