
La orden no tuvo el efecto que esperaba. Notó que estaba delante y solo y que había dejado de sentir la compañía retrasada del grupo. No es que se hubieran quedado detrás, es que, al decir «vamos», todo se fue parando a su espalda. Él mismo se detuvo después de dudar y dudó varias veces antes de pararse porque le parecía que dudar y pararse era también hacer dudar a los demás por culpa de haber dudado él mismo. Y si, además, la duda no estaba después confirmada por la realidad, eso quería decir que el temor era solamente suyo: no podía hacer temer a los otros, pero era mucho peor que temiera él, el que tenía que pelear y defenderse con una convicción absoluta, sin vacilaciones. Si él mismo se sentía en peligro, entonces el peligro era mucho mayor de lo que habían pensado todos juntos y, por tanto, se habían equivocado al acudir a la cita del puente.
Pero al final se paró. Se volvió despacio como si tuviera que dar tiempo a que una mano fuera quitando los visillos de lo que nadie quería ver.
– Martin, Martin -lo primero que vio fue la boca de Abdellah moviéndose como la de un pez que la lleva abierta mucho antes de llegar al alimento y después la cierra con un golpe amortiguado.
Después, y del más cercano al más lejano, fueron Jorge, Larbi y Nehedid, detenidos en la postura común de alguien al que han llamado desde atrás, con los pies mirando al lado contrario de la cara. Abdellah estaba pegado a la barrera, fuera del grupo. Pero más allá, todavía sin mirarlas, notó la presencia de sombras en una formación de barrera que iba a dar a la barrera que defendía el camino del acantilado. Tampoco hacía falta mirarlas, bastaba con saber que estaban allí, que habían llegado hasta allí para hacer algo que tampoco necesitaba consideraciones.
Miró al puente y descubrió que los cinco se habían separado de la barandilla, pero que se habían separado hacía rato, porque avanzaban ya sobre la cuesta con paso decidido.
