– ¿No cree que la mayoría de esas reglas apuntan a su propia protección?

– En absoluto. Están formuladas para conveniencia de los hombres, y nada más.

– Señorita Ballinger, lamento disentir con usted. Existen ocasiones en que las reglas de sociedad son en extremo inconvenientes para un hombre. Y le aseguro que ésta es una de ellas.

Augusta frunció el entrecejo en un gesto dubitativo, pero decidió dejar correr el comentario.

– Según entiendo, está usted en los mejores términos con mi tío, y no querría que fuésemos enemigos.

– Estoy de acuerdo. Le aseguro que no tengo intención de ser su enemigo, señorita Ballinger.

– Gracias. De todos modos, para ser franca debo decirle que usted y yo tenemos muy poco en común. Somos por completo opuestos en lo que se refiere a temperamento e inclinaciones, como sin duda comprende. Es usted un hombre sujeto a los dictados del honor, del buen comportamiento y de todas esas normas engorrosas que rigen la sociedad.

– ¿Y usted, señorita Ballinger? ¿A qué está sujeta?

– A nada, milord -afirmó la joven con candidez-. Quiero vivir la vida en plenitud. A fin de cuentas, soy la última de los Ballinger de Northumberland y como tal, prefiero mil veces correr ciertos riesgos que sepultarme bajo el peso de un montón de aburridas virtudes.

– Me decepciona, señorita Ballinger. ¿Acaso no ha oído decir que la virtud contiene la recompensa en sí misma?

Augusta volvió a mirarlo ceñuda, con la vaga aprensión de que estuviera provocándola, pero luego pensó que aquello era improbable.

– No he tenido demasiadas pruebas en ese sentido. Por favor, responda a mi pregunta. ¿Se siente obligado a comunicarle a lord Enfield mi presencia en la biblioteca esta noche?

La contempló con los ojos casi ocultos tras los párpados, las manos hundidas en los bolsillos de la bata.

– ¿Usted qué cree, señorita Ballinger?



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