
– Como he dicho, milord, le deseo buena suerte. -«Es deprimente escuchar de boca del propio Graystone la confirmación de los rumores acerca de esa infame lista», pensó Augusta-. Espero que no lamente haber fijado tan elevadas exigencias. -Apretó más aún el diario de Rosalind Morrissey-. Si me disculpa, quisiera regresar a mi dormitorio.
– Por favor.
Graystone inclinó la cabeza con aire de grave cortesía y se apartó para dejarla pasar.
Aliviada por haber podido escapar, Augusta se apresuró a rodear el escritorio y se alejó del conde con rapidez. Tenía una aguda conciencia de lo íntimo de la situación. Si, vestido con el atuendo formal para una velada, Graystone le resultaba de por sí impresionante, en ropa de dormir era demasiado para sus rebeldes sentidos.
Augusta había cruzado ya la mitad de la biblioteca cuando recapacitó en algo. Se detuvo y se dio la vuelta para mirarlo.
– Necesito hacerle una pregunta.
– ¿Sí?
– ¿Se siente obligado a mencionarle este desagradable incidente a lord Enfield?
– Señorita Ballinger, ¿qué haría usted en mi lugar? -preguntó en tono seco.
– Pues, desde luego sería más caballeroso guardar silencio sobre el asunto -afirmó Augusta de inmediato-. Después de todo, está en juego la reputación de una dama.
– Así es, y no precisamente la de su amiga. En esta ocasión está en peligro la suya, ¿no es así, señorita Ballinger? Ha arriesgado usted la joya más valiosa de una mujer: su reputación.
«¡Maldito individuo: qué arrogante animal! Y además, pomposo.»
– Milord, es cierto que acabo de correr un riesgo -dijo la joven en el tono más helado que fue capaz-. Debe usted recordar que desciendo de los Ballinger de Northumberland, y no de los de Hampshire. Las mujeres de mi familia no observan demasiado las reglas sociales.
