
Impresionada por su propia audacia y por el éxito de su incursión, giró en redondo y corrió hacia la puerta.
– ¿Señorita Ballinger?
– ¿Qué, milord? -Se detuvo y se dio la vuelta otra vez, esperando que no notara su sonrojo.
– Olvida llevarse la vela. La necesitará para subir las escaleras. -La recogió y se la ofreció.
Augusta vaciló un instante y luego se acercó al hombre. Le arrebató la vela y, sin añadir palabra, se apresuró a salir del estudio.
«Es una suerte que no figure en su lista», se dijo mientras volaba escaleras arriba hacia el pasillo del dormitorio. Era indudable que una Ballinger de Northumberland no podría encadenarse a un hombre tan anticuado e inflexible. Además de las notables diferencias de temperamento, tenían pocos intereses en común. Graystone era consumado lingüista y estudioso de los clásicos, tal como Thomas Ballinger, tío de Augusta. Se dedicaba al estudio de los clásicos y publicaba imponentes tratados siempre bien recibidos por los entendidos.
Si Graystone fuese uno de los nuevos poetas cuyos versos ardientes y ojos llameantes estuvieran de moda, Augusta habría comprendido su inclinación. Pero el conde no era un escritor de esa clase. Más bien producía aburridas obras como Una discusión acerca de algunos elementos en la Historia de Tácito, y Discurso sobre una antología de las Vidas de Plutarco. Ambos habían sido publicados recientemente con gran éxito de crítica. Y por ignotas razones, ella había leído ambas obras de cabo a rabo.
Apagó el candil y entró en silencio en el dormitorio que compartía con Claudia. De puntillas, se acercó a la cama y cogió el camisón. Un rayo de luna que se escurría por una abertura a través de las espesas cortinas iluminaba la silueta de su prima dormida.
