
Claudia tenía el cabello dorado pálido característico de los Ballinger de Hampshire. La adorable cara de nariz patricia yacía de lado sobre la almohada. Las largas pestañas ocultaban los suaves ojos azules. Su bien ganado apodo de Ángel le había sido conferido por los caballeros de la alta sociedad que la admiraban.
Augusta se enorgullecía del flamante éxito social de su prima. A fin de cuentas, había sido ella, a sus veinticuatro años, quien había asumido la tarea de lanzar a Claudia, más joven, al mundo de la alta sociedad, en retribución a su tío y a su prima por recibirla en su hogar tras la muerte de su padre, ocurrida hacía dos años.
Sir Thomas, un Ballinger de Hampshire, gozaba de gran fortuna y no carecía de recursos para afrontar los gastos derivados de la introducción de su hija en sociedad, ni de la generosidad suficiente para encargarse de los de Augusta. A pesar de ser viudo, carecía de contactos para moverse en sociedad, así como del savoir faire. Y, en ese aspecto, Augusta podía contribuir de manera eficaz.
Aunque en diferentes aspectos eran como el día y la noche, Augusta quería mucho a su prima. A Claudia jamás se le habría ocurrido deslizarse escaleras abajo después de medianoche para introducirse en el escritorio del anfitrión. Tampoco tenía interés en unirse al club Pompeya. Por otra parte, le habría escandalizado la sola idea de estar, a altas horas, en bata de noche, conversando con un sabio tan distinguido como el conde de Graystone. Poseía un ajustado sentido del decoro.
A Augusta se le ocurrió que Claudia debía de ocupar un lugar en la lista de candidatas de Graystone.
Abajo, en la biblioteca, Harry permaneció largo rato en la oscuridad mirando a través de la ventana los jardines iluminados por la luna. No había querido aceptar la invitación de Enfield para pasar el fin de semana en su casa. Por lo general trataba de evitar semejantes acontecimientos. Solían resultar aburridos, una pérdida de tiempo como la mayor parte de las frivolidades sociales, pero esta temporada buscaba esposa y su presa tenía la desconcertante inclinación de aparecer en las situaciones más inesperadas.
