«Con todo, esta noche no me he aburrido», reconoció Harry, ceñudo. Realmente, la tarea de evitarle problemas a su futura novia había animado esa breve excursión al campo. «¿Cuántas citas nocturnas me veré obligado a sostener -se preguntó-, antes que nos casemos y pueda estar tranquilo?»

«Es una pequeña embrollona enloquecedora.» Ya hacía años que tendría que haberse casado con un esposo de firme voluntad. Necesitaba un hombre que le impusiera límites rígidos. Esperaba que no fuese demasiado tarde para controlar ese temperamento desbocado.

Aunque Augusta tenía ya veinticuatro años, no se había casado por diversos motivos, entre ellos, una serie de muertes en la familia. Sabía por sir Thomas que Augusta había perdido a sus padres cuando cumplió dieciocho, en un accidente. El padre de Augusta conducía el carruaje en una carrera alocada y su esposa había insistido en acompañarlo. Por desgracia, sir Thomas admitía esa temeridad como un rasgo preponderante en la rama Northumberland de la familia.

Augusta y su hermano Richard habían quedado desamparados con muy poco dinero. Al parecer, otra característica de los Ballinger de Northumberland era la actitud negligente en los asuntos económicos y financieros. Richard había vendido el patrimonio salvo una casita en la que vivía con Augusta, y utilizó el dinero para comprarse un grado de oficial. Al poco murió, no en el campo de batalla, en el continente, sino asesinado por un asaltante, cerca de la casa, con motivo de un viaje a Londres para ver a su hermana.

Según sir Thomas, Augusta había quedado desolada por la muerte de Richard. Estaba sola en el mundo. El tío insistió en que fuese a vivir con él y con su hija, y al final, ella aceptó. Durante meses se hundió en una honda melancolía que nada podía aliviar. Parecía haberse extinguido todo el fuego y la chispa que caracterizaba a los de Northumberland.



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