
Y entonces sir Thomas tuvo una idea brillante. Le pidió a Augusta que asumiera el compromiso de preparar a su prima para su entrada en sociedad. Claudia, una encantadora y refinada joven de veinte años, nunca había tenido posibilidades en la ciudad, pues su madre había muerto dos años antes. «El tiempo pasa», le explicó con gravedad a Augusta, y Claudia se merecía una oportunidad. Sin embargo, como miembro de la rama intelectual de la familia, carecía del conocimiento necesario para desenvolverse en sociedad. Augusta, en cambio, poseía la habilidad, el instinto y los contactos para iniciar a su prima, a través de su reciente amistad con Sally, lady Arbuthnot.
Al principio Augusta se mostró renuente, pero luego se zambulló en la tarea con el entusiasmo propio de los Ballinger de Northumberland. Trabajó sin descanso para hacer de Claudia un éxito absoluto, y los resultados fueron espectaculares y al mismo tiempo inesperados. A la aristocrática y lánguida Claudia la motejaron de inmediato de Ángel, y también Augusta recabó el éxito.
Sir Thomas le confiaba a Harry que estaba muy complacido y esperaba que las dos jóvenes lograran matrimonios convenientes. Pero Harry pensaba que no sería tan sencillo. Tenía la sospecha de que, al menos Augusta, no tenía la menor intención de conseguir un marido conveniente. Se divertía demasiado. Con su brillante cabello castaño y vivaces y traviesos ojos de color topacio, si de verdad hubiera deseado casarse, la señorita Augusta Ballinger podría haber tenido docenas de pretendientes, el conde estaba seguro de ello.
Lo asombraba su propio innegable interés en esa joven. A primera vista, no era lo que él esperaba de una esposa, pero aun así no podía ignorarla ni sacársela de la cabeza. Desde el instante en que lady Arbuthnot, una vieja amiga, le sugirió que añadiese a Augusta a la lista de candidatas, Harry se sintió fascinado por ella.
