
Augusta lo miró sin saber cómo entender la pregunta. Percibía una sugerencia claramente sexual en las palabras de Graystone, pero se apresuró a desechar la idea. Después de todo, se trataba de Graystone. Jamás diría o haría nada impropio ante una dama. Pero quizá no la considerara una dama.
– No, milord. No tengo demasiadas oportunidades de viajar y, por lo tanto, no estoy acostumbrada a cambiar de cama con frecuencia. Y ahora, si me disculpa, será mejor que vuelva a la habitación. Si mi prima despierta y no me ve allí, se preocupará.
– Ah, sí, la encantadora Claudia. Sería terrible que se afligiese por la tunantuela de su prima, ¿eh?
Augusta puso mala cara. Era obvio que había caído en la reputación del conde y que la consideraba una grosera. Esperaba que no la creyese también una ladrona.
– No, milord, no quisiera preocupar a Claudia. Buenas noches, señor. -Alzando la cabeza, trató de pasar junto al hombre, pero él no se movió y tuvo que detenerse. Advirtió que era muy alto. Estando tan cerca, le impresionó la fuerza y la solidez que emanaban de él. Augusta se armó de valor.
– Supongo que no querrá impedirme volver al dormitorio, ¿verdad, milord?
Graystone alzó levemente las cejas.
– No quisiera que volviese allí sin llevarse lo que vino a buscar.
A Augusta se le secó la boca. «No puede ser que conozca el diario de Rosalind Morrissey», pensó.
– Milord, ahora tengo sueño. A fin de cuentas, no necesito nada que leer.
– ¿Tampoco el objeto que buscaba en el escritorio de Enfield?
Augusta se refugió en la indignación.
– ¿Cómo se atreve a insinuar que intentara forzar el escritorio de lord Enfield? Ya le he dicho que se me perdió una horquilla y, como usted ha visto, ha aparecido en la cerradura.
– Permítame, señorita Ballinger.
Graystone sacó un trozo de alambre del bolsillo de la bata y lo deslizó con suavidad en la cerradura del cajón. Se oyó un chasquido débil pero claro.
