Atónita, Augusta vio cómo Graystone abría el cajón superior del escritorio y observaba el contenido. Luego, con la mano, la invitó a buscar lo que quería.

Con expresión cautelosa, Augusta miró al conde, se mordió el labio inferior unos segundos y se apresuró a inclinarse y revolver el cajón. Encontró el pequeño cuaderno de cuero entre unas hojas y lo cogió sin vacilar.

– Milord, no sé qué decir. -Augusta aferró el diario y miró a Graystone a los ojos.

A la luz titilante de la vela, el rostro de Graystone pareció más sombrío que nunca. No era un hombre apuesto, pero desde el momento en que se lo había presentado su tío, a comienzo de la temporada, se había sentido atraída por él. En aquellos distantes ojos grises había algo que la hacía desear acercarse, aunque tenía la certeza de que al conde no le agradaba. Comprendía que la atracción debía de deberse a la curiosidad femenina. Tenía la sensación de que en lo profundo de ese hombre había una puerta cerrada que le habría gustado abrir, aunque no sabía por qué.

En realidad no era su tipo. Más bien lo consideraba aburrido, pero también tenía algo misterioso e inquietante. El espeso cabello oscuro del conde estaba veteado de gris. Aunque tenía alrededor de treinta y cinco años, parecía contar cuarenta, no por rasgos de blandura, sino todo lo contrario. Trasuntaba cierta dureza que hablaba de experiencia y conocimiento. Comprendió que, como estudioso de los clásicos, traslucía una apariencia extraña, y eso constituía también parte del enigma.

Ataviado con ropa de descanso, la anchura de los hombros de Graystone, las líneas esbeltas y robustas del cuerpo no se debían a la destreza de ningún sastre. Tenía una contundente elegancia de animal de rapiña que provocaba curiosas sensaciones en la espalda de Augusta. Nunca había conocido a un hombre que le hiciera sentir lo que Graystone.

No comprendía por qué la atraía: tenían temperamentos y modales opuestos.



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