
Augusta había oído hablar del tipo de esposa que exigía el conde. Teniendo en cuenta que era un sujeto metódico, habría establecido pautas elevadas. Cualquier mujer que aspirara a figurar en su lista tendría que ser un paradigma de virtudes femeninas: de mente y temperamento serios, de modales y conducta dignos, y no haber sido rozada siquiera por comentarios maliciosos. En suma, la esposa de Graystone tendría que ser un ejemplo de decoro. «Precisamente una mujer que no se atreviera a fisgonear en el escritorio del anfitrión en plena noche.»
– Me imagino -murmuró el conde observando el pequeño cuaderno que sostenía Augusta- que cuanto menos se comente será mejor. Supongo que la dueña de ese diario será una amiga íntima.
Augusta suspiró; ya no tenía nada que perder. Era inútil clamar inocencia. Graystone sabía más de lo conveniente sobre su pequeña aventura nocturna.
– Sí, milord, así es. -Augusta alzó la barbilla-. Mi amiga cometió el estúpido error de transcribir en su diario asuntos del corazón, y cuando descubrió que el hombre en cuestión no correspondía esos sentimientos, lo lamentó.
– ¿Es Enfield ese hombre?
La boca de Augusta se apretó en un gesto amargo.
– La respuesta es evidente. El diario se hallaba en su escritorio, ¿verdad? Tal vez lord Enfield sea recibido en los salones más importantes gracias a su título y a sus heroicas acciones de guerra, pero en lo que respecta a las mujeres, es un sujeto despreciable. A mi amiga le robaron el diario al poco de decirle a Enfield que ya no lo amaba. Suponemos que sobornaron a una doncella.
