De todas formas, estaba segura de que sus sensaciones caían en el vacío. El estremecimiento sensual, el temblor de excitación que vibraba dentro de Augusta cuando se le acercaba el conde, los sentimientos de ansiedad y anhelo que la embargaban cuando le hablaba, no encontraban resonancia alguna, ni la convicción íntima de la muchacha de que hubiera experimentado pérdidas, lo mismo que ella y de que necesitara amor y alegría para aligerar las espesas sombras que rodeaban sus ojos. Se sabía que Graystone buscaba novia, pero Augusta comprendía que no consideraría nunca a una mujer capaz de desequilibrar una vida tan perfectamente organizada. No, sin duda buscaba una mujer diferente.

Augusta había oído hablar del tipo de esposa que exigía el conde. Teniendo en cuenta que era un sujeto metódico, habría establecido pautas elevadas. Cualquier mujer que aspirara a figurar en su lista tendría que ser un paradigma de virtudes femeninas: de mente y temperamento serios, de modales y conducta dignos, y no haber sido rozada siquiera por comentarios maliciosos. En suma, la esposa de Graystone tendría que ser un ejemplo de decoro. «Precisamente una mujer que no se atreviera a fisgonear en el escritorio del anfitrión en plena noche.»

– Me imagino -murmuró el conde observando el pequeño cuaderno que sostenía Augusta- que cuanto menos se comente será mejor. Supongo que la dueña de ese diario será una amiga íntima.

Augusta suspiró; ya no tenía nada que perder. Era inútil clamar inocencia. Graystone sabía más de lo conveniente sobre su pequeña aventura nocturna.

– Sí, milord, así es. -Augusta alzó la barbilla-. Mi amiga cometió el estúpido error de transcribir en su diario asuntos del corazón, y cuando descubrió que el hombre en cuestión no correspondía esos sentimientos, lo lamentó.

– ¿Es Enfield ese hombre?

La boca de Augusta se apretó en un gesto amargo.

– La respuesta es evidente. El diario se hallaba en su escritorio, ¿verdad? Tal vez lord Enfield sea recibido en los salones más importantes gracias a su título y a sus heroicas acciones de guerra, pero en lo que respecta a las mujeres, es un sujeto despreciable. A mi amiga le robaron el diario al poco de decirle a Enfield que ya no lo amaba. Suponemos que sobornaron a una doncella.



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