
– ¿Suponemos? -repitió Graystone en tono suave.
Augusta ignoró la velada pregunta. No estaba dispuesta a contárselo todo. En particular, no le revelaría cómo había conseguido acudir aquel fin de semana a la propiedad de Enfield.
– Enfield pensaba pedirla en matrimonio y estaba dispuesto a utilizar el contenido del diario para asegurarse de ser aceptado.
– ¿Por qué se molestaría Enfield en chantajear a su amiga para casarse? Actualmente es muy popular entre las damas. Al parecer están muy impresionadas por sus hazañas en Waterloo.
– Milord, mi amiga es heredera de una gran fortuna. -Augusta se encogió de hombros-. Se comenta que, al volver del continente, Enfield perdió considerables sumas de dinero en el juego, y que él y su madre decidieron la boda con una mujer rica.
– Entiendo. No sabía que los comentarios de las pérdidas de Enfield se hubieran extendido hasta tal punto entre el bello sexo. Él y su madre se han encargado de que no trascendiera. Prueba de ello es el presente encuentro.
Augusta esbozó una sonrisa significativa.
– Pues bien, ya sabe usted lo que sucede cuando un hombre busca novia, milord. Lo precede el rumor de sus intenciones y lo advierten las presas más inteligentes.
– Señorita Ballinger, ¿por casualidad apunta usted a mis propias intenciones?
Augusta sintió que le ardían las mejillas, pero no retrocedió ante la mirada fría y desaprobadora. A fin de cuentas, siempre descubría esa expresión reprobatoria cuando hablaba con él.
– Milord, ya que lo pregunta -dijo la joven con firmeza- le diré que es bien sabido que busca usted una mujer muy particular, y se comenta que procede con relación a una lista.
