– Fascinante. ¿Y se sabe quién se incluye en la lista?

Augusta lo miró con expresión hostil.

– No. Sólo que es muy breve. Pero se comprende, teniendo en cuenta unas exigencias tan estrictas y rigurosas.

– Esto se pone cada vez más interesante. Señorita Ballinger, ¿cuáles serían mis exigencias?

Augusta deseó haber cerrado la boca. No obstante, la prudencia jamás había sido el fuerte de los Ballinger oriundos de Northumberland. Aceptó el desafío con temeridad.

– Se dice que, como la esposa de César, la suya debe estar por encima de cualquier sospecha en todos los aspectos, una mujer seria, de refinada sensibilidad, y un modelo de decoro. En síntesis, milord, usted busca la perfección. Le deseo buena suerte.

– Por el tono crítico, me da la impresión de que a usted no le parece fácil encontrar a una mujer realmente virtuosa.

– Eso depende de cómo defina la virtud -replicó en tono agrio-. Según he oído, la definición de usted es exageradamente estricta. Hay pocas mujeres que sean un dechado de virtudes. Es muy aburrido ser un ejemplo, ¿sabe usted? Si estuviese buscando una heredera, como Enfield, la lista sería mucho más larga. Y se sabe que las herederas no abundan.

– Desafortunadamente o por suerte, según se mire, no necesito una heredera. Por lo tanto, estoy en condiciones de tener en cuenta otros parámetros. De todos modos, señorita Ballinger, me asombra la cantidad de información que tiene de mis asuntos personales. Parece muy enterada. ¿Podría preguntarle cómo está al tanto de los detalles?

Claro que Augusta no pensaba hablarle de Pompeya, el club de damas que ella misma había contribuido a fundar, fuente inagotable de chismes e informaciones.

– Milord, en la ciudad nunca faltan fuentes de información.

– Es cierto. -Graystone entrecerró los ojos, pensativo-. En las calles de Londres, las murmuraciones son tan abundantes como el lodo, ¿no es así? Está usted en lo cierto al suponer que preferiría una esposa que llegara a mí sin haber sido salpicada por comentario alguno.



8 из 291