
Treinta y dos años… ¿y qué tenía? Ni trabajo fijo, ni casa propia, ni novio. Lo único que había conseguido en los últimos años era engordar cinco kilos. Ni siquiera las dietas le funcionaban. Para ella comer era lo único que aliviaba el dolor de haber perdido a Seb y su trabajo antes de Navidad. Un golpe terrible.
Fortificada por Bella y Phoebe… y cuatro copas de champán, Kate había decidido que todo cambiaría antes de Año Nuevo. Iba a poner su vida en orden. Conseguiría un trabajo mejor y un novio mejor, se juró a sí misma. Perdería los cinco kilos y empezaría a ir al gimnasio.
Pero todas esas cosas parecían más fáciles con una copa de champán en la mano. Había llegado febrero y sus resoluciones para el nuevo año seguían sin cumplirse ni remotamente.
Al menos debería haber encontrado un buen trabajo, pero el mercado no parecía estar para muchos trotes. Y los trabajos temporales no pagaban lo suficiente como para que una pusiera su vida en orden. Kate estaba a punto de aceptar un trabajo de camarera cuando Alison se rompió una pierna.
Al día siguiente, se prometió a sí misma, compraría el periódico para buscar un buen trabajo, iría al gimnasio y se haría una ensalada con cero calorías.
El día siguiente sería el primero de su nueva vida.
Cuando llegó a su apartamento, Bella estaba comiendo tostadas en la cocina, con el pelo lleno de rulos. Desde que Phoebe se casó, Bella, Kate y su antipático gato compartían casa.
Gato, ése era su nombre, estaba esperando al lado de la nevera y Kate sabía que no podría sentarse antes de darle la comida porque era más que capaz de destrozarle los tobillos a arañazos. De modo que sacó una latita de la carísima comida para felinos y llenó su plato antes de quitarse el abrigo.
– Pensé que ibas a salir -le dijo a Bella, mirando las tostadas con envidia.
Su amiga podía comer todo lo que le diese la gana sin engordar un solo kilo. «Metabolismo», solía decir cada vez que otras chicas, menos afortunadas, se quejaban. Además, era muy guapa; una rubia de ojos azules con piernas kilométricas que siempre estaba alegre. Lo peor de Bella, y Kate y Phoebe estaban de acuerdo, era que no se la podía odiar.
