– ¿Ah, sí? -murmuró Finn, sin disimular su incredulidad.

Qué grosero, pensó Kate, indignada. Evidentemente, no la veía como la clase de chica que podía enamorar a un hombre y menos casarse con él.

– Pues sí -replicó, fulminándolo con sus ojos castaños-. Por eso hago trabajos temporales. Desde que conocí a…

Kate buscó un nombre y recordó el del novio de su amiga Bella. El novio de la mejor amiga normalmente era intocable, pero a Bella no le importaría prestárselo un rato.

– Will… desde que conocí a Will, me di cuenta de que estábamos hechos el uno para el otro. Es analista financiero -sonrió Kate-. Así que no quiero un puesto permanente porque a él podrían enviarlo a Nueva York o a Tokio en cualquier momento. Por supuesto, él me dice: «Cariño, no tienes por qué trabajar todos los días», pero a mí me parece importante ser independiente económicamente, ¿no crees?

– Si vives con un analista financiero, no creo que tu sueldo como secretaria temporal signifique gran cosa -murmuró Finn, sin poder disimular una sonrisita irónica.

– Es una cuestión de principios -replicó ella, encantada con la idea de vivir una vida de lujos.

– Pues podrías convertir en una cuestión de principios lo de llegar a tu hora por las mañanas -dijo entonces su jefe-. Ése sería un buen cambio.

Una pena que la vida real no se le diera tan bien como las historias inventadas, pensaba Kate mientras iba en el autobús. Sería estupendo llegar a casa y que hubiese un hombre esperándola, un hombre forrado de dinero que estuviera loco por ella y que le dijese: «No tienes por qué soportar a tipos como Finn McBride».

Kate dejó escapar un suspiro mientras limpiaba el cristal con la manga. Había mucha gente corriendo por Piccadilly para resguardarse de la lluvia y todos parecían saber a dónde iban. ¿Por qué ella era la única que parecía ir saltando de un charco a otro?



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