Ésa era una de las cosas que le gustaban de Phoebe: que creía de verdad en sus amigas.

Kate dejó el bolígrafo y se apoyó en el respaldo de la silla.

Quizá aquello era una señal para que dejase de soñar que Seb iba a convertirse milagrosamente en otra persona; una señal para que pusiera los pies en la tierra de una vez por todas.

– ¿Cómo es ese hombre?

– No lo conozco -admitió Phoebe-. Es un amigo de Gib.

– ¿Cuántos años tiene? -Cuarenta o cuarenta y dos, creo.

– Estupendo. A punto de tener una crisis personal -suspiró Kate, con un cinismo poco habitual en ella.

– Ya ha tenido su crisis -dijo Phoebe entonces-. Es viudo. Su esposa murió hace unos años y tiene una niña pequeña.

– Ah, qué horror -musitó Kate, sintiéndose culpable por el frívolo comentario-. Pobrecillo.

– Gib me ha dicho que adoraba a su mujer, pero han pasado seis años desde el accidente. Por lo visto, no le gusta salir por ahí y como tú siempre te quejas de que no es fácil conocer hombres, Gib ha sugerido que organizásemos una cena. Puede que te guste.

– No sé si yo estoy preparada para ser la madrastra de nadie -suspiró Kate-. No sé nada de niños.

– ¡Tonterías! Eres muy buena con los animales, con los ancianos… los niños son más o menos lo mismo. Necesitan que alguien cuide de ellos y tú eres la persona más indicada.

– Pero es que yo no quiero salir con alguien triste, con problemas… yo quiero un tío lleno de vida, guapo, elegante.

Como Seb.

– De eso nada. Tú quieres un hombre bueno. -Kate dejó escapar un largo suspiro.

– ¿No puedo salir con un hombre bueno que a la vez sea sexy, guapo y lleno de vida?

– No, porque ya me he casado yo con él -rió Phoebe-. Oye mira, este hombre lo ha pasado mal, así que debes ser simpática.

– Ya, bueno. ¿Cómo se llama, por cierto? -en ese momento se abrió la puerta del despacho de Finn-. Uf, aquí está el ogro. Se supone que no puedo usar el teléfono de la oficina para llamadas personales. Te llamo más tarde.



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