
Finn McBride la miró con el ceño fruncido, como era su costumbre.
– ¿Con quién hablabas?
Kate no pensaba decirle la verdad y, aunque podría haber inventado un cliente, tenía una gran vena creativa y, por principio, se negaba a elegir la opción más simple. De modo que se lanzó a contarle una historia sobre un contable ficticio que había conocido a Alison mientras esquiaban. Acababa de llegar de Singapur, se había enterado del accidente y quería saber dónde podía enviarle una tarjeta.
– Le he dicho que puede enviarla a la oficina y que nosotros la enviaremos a su casa -terminó Kate, después de adornar la historia con tantos detalles que casi acabó por creérsela ella misma.
La expresión de Finn era de total indignación.
– Ojalá no te hubiera preguntado… ¡Acabas de hacerme perder un cuarto de hora!
– Oye, que aquí tampoco hacemos operaciones a corazón abierto -protestó Kate-. No creo que quince minutos sean tan importantes.
– En ese caso, supongo que no te importará quedarte a trabajar una hora más esta tarde -dijo él entonces-. Tenemos un proyecto muy importante entre manos y quiero enviarlo por fax a Estados Unidos antes de mañana.
– Lo siento, no puedo. He quedado.
– ¿No puedes llamar para decir que llegarás un poco tarde?
Kate se habría ofrecido a hacerlo por cualquier otra persona, pero Finn McBride le caía cada día peor. Su jefe no hacía ningún esfuerzo por ser amable con ella.
– A mi novio no le haría ninguna gracia -replicó, tan tranquila.
– ¿Tienes novio?
Finn pareció tan sorprendido que a Kate le sentó fatal. No sólo era un antipático sino que la creía incapaz de atraer a un hombre.
– Pues sí -contestó, decidida a convencerlo de que, aunque podría no ser una perfecta secretaria ejecutiva, era una mujer que volvía locos a los hombres-. De hecho, esta noche piensa llevarme a un sitio muy especial. Y tengo la impresión de que va a pedirme que me case con él.
