—Lo veo… lo he visto. Lo recuerdo —balbuceó el hombre.

—¿En una lámina, Falk?

—No. No en un libro. En mi mente. Lo recuerdo. A veces, cuando me duermo, lo veo. No conocía el nombre: la Montaña.

—¿Puedes dibujarla?

De rodillas, Junto a ella, bosquejó rápidamente sobre la tierra el perfil de un cono irregular, y debajo, dos líneas de laderas. Garra se estiró para ver el dibujo y preguntó:

—¿Y está blanco de nieve?

—Sí. Es como si lo viera a través de algo… de una gran ventana, grande y alta… ¿Viene de tu mente, Parth? —preguntó con ligera ansiedad.

—No —dijo la joven—. Ninguno de nosotros, los de esta Casa, hemos visto alguna vez grandes montañas. No creo que las haya de este lado del Río Interior. Debe ser lejos de aquí, muy lejos —hablaba como alguien sobre quien se desploma un frío.


A través del borde de los sueños, un sonido de sierra dentada, un débil zumbido mellado, imponente. Falk se levantó y permaneció junto a Parth; ambos avizoraban con ojos somnolientos que se esforzaban por ver, hacia el norte, donde el remoto sonido vibró y se extinguió y la temprana luz empalidecía el cielo por encima de la oscuridad de los árboles.

—Un coche aéreo —susurró Parth—. Escuché uno, antes, hace mucho…

Se estremeció. Falk puso su brazo alrededor de los hombros de ella, acosado por la misma inquietud, la sensación de una presencia remota, incomprensible y maligna que pasaba por el norte, a lo largo del borde del día.

El sonido murió a lo lejos; en el profundo silencio de la selva algunos pájaros cantaban en un disperso coro crepuscular da otoño. La luz brillaba en el este. Falk y Parth se reclinaron mutuamente en la calidez y la infinita blandura de sus brazos; sólo a medias despierto. Falk se deslizó hacia el sueño. Cuando ella lo besó y se evadió hacia sus tareas diurnas, él murmuró:



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