—Pequeña araña —dijo su madre a su lado—, un chiste es un chiste. Pero un hombre es un hombre.

—Y tú quieres que yo vaya con Metock a la casa de Kathol y canjee mi tapiz de garzas por un marido. Ya lo sé —dijo Parth.

—Nunca dije eso… ¿no es cierto? —preguntó su madre y prosiguió limpiando la maleza entre las hileras de lechugas.

Falk subió por el camino, la beba sobre su hombro bizqueaba por el reflejo y sonreía alegremente. La depositó sobre el pasto y le dijo, como si se tratara de una persona mayor:

—Hace más calor aquí ¿no es así? —luego, se volvió hacia Parth con el grave candor que lo caracterizaba y le preguntó—: ¿Tiene fin la selva, Parth?

—Eso dicen. Los mapas son todos diferentes. Pero por ese camino se llega, finalmente, al mar… y por ese a las praderas.

—¿Praderas?

—Tierras abiertas, de pastoreo. Como el Claro pero que se extienden unas mil millas, hasta las montañas.

—¿Montañas? —preguntó él, con persistente ingenuidad, como un niño.

—Colinas altas, con nieve en sus picos durante todo el año. Como esto.

Haciendo una pausa para dejar su lanzadera, Parth indicó con sus largos, torneados y morenos dedos la forma de un pico.

Los amarillos ojos de Falk se encendieron súbitamente, y su rostro se avivó.

—Debajo del blanco está el azul y, debajo los… los macizos… de lejanas montañas…

Parth lo miró sin hablar. Gran parte de lo que él sabía provenía directamente de ella, pues siempre fue la que pudo enseñarle. La reconstrucción de la vida de él había sido un efecto y una parte del desarrollo de la suya. Sus mentes estaban estrechamente entretejidas.



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