—No te vayas todavía… pequeño halcón, pequeñita…

Pero ella rió y escapó y él se adormeció durante un rato, todavía incapaz de substraerse a las perezosas y dulces profundidades del placer y de la paz.

El Sol brillaba alto y directo en sus ojos. Se dio vuelta, luego se sentó, bostezando, y observó el profundo y rojizo follaje del roble que se elevaba junto al dormitorio. Advirtió que, al marcharse, Parth había dejado funcionando el preceptor del sueño junto a su almohada; murmuraba lejano y repasaba la teoría numérica Cetiana. Eso lo hizo reír, y el frío de la brillante mañana lo despertó completamente. Se puso la camisa y los pantalones —eran de gruesa, suave y obscura tela tejida por Parth y cortados por Buckeye— y se apoyó contra la barandilla de madera del porch, mirando a través del Claro hacia el pardo, el rojo y el oro de los interminables árboles. Fresca, tranquila, dulce, la mañana era tal como había sido cuando los primeros seres de este lugar emergieron para levantar casas y contemplar el Sol que se elevaba por sobre la obscura selva. Las mañanas son todas una sola mañana, y el otoño siempre es otoño, pero los años que cuentan los hombres son muchos. Hubo una primera raza en esta Tierra… y una segunda, los conquistadores; ambos se perdieron, conquistados y conquistadores, millones de vidas, todos fundidos en un vago punto del horizonte, en el pasado. Las estrellas fueron ganadas y nuevamente perdidas. Sin embargo los años siguieron corriendo, tanto que la Selva de los tiempos arcaicos, completamente destruida durante la era en que los hombres hicieron y guardaron su historia, creció una vez más. Aun en la obscura e inmensa historia de un planeta el tiempo que lleva hacer una selva cuenta. Un largo lapso. Y no todos los planetas pueden; no es un efecto común ese enredarse de la primera y fría luz entre la sombra y la complejidad de innumerables ramas agitadas por el viento…

Falk gozaba de ello, quizás más intensamente que nadie porque, para él, detrás de esta mañana había tan pocas mañanas. Sólo un breve lapso de días recordados mediaba entre él y la oscuridad. Escuchó las observaciones de un pájaro, en el roble, luego se estiró, sacudió vigorosamente su cabeza y se aprontó para unirse al trabajo y la compañía de los otros.



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