La Casa de Zove era un chalet-castillo-granja, serpenteante y ascendente, de piedra y madera; partes de la misma tenían más de un siglo, algunas más. Su aspecto trasuntaba cierto primitivismo: obscuras escaleras, chimeneas de piedra y sótanos, pisos desnudos de baldosa o madera. Pero nada estaba inconcluso; perfectamente construida a prueba de fuego y aislada de las inclemencias del tiempo; y algunos elementos de su construcción y función eran inventos sofisticados o máquinas —las agradables y amarillentas luces difusas, las bibliotecas de música, letras y láminas, distintos instrumentos automáticos o inventos utilizados para la limpieza, la cocina, el lavado y el trabajo de granja y algunos más sutiles y más especializados, guardados en las habitaciones de trabajo en el Ala Este. Todas estas cosas formaban parte de la Casa, construidas en ella o junto con ella, fabricadas allí o en otra de las Casas de la Selva. La maquinaria era pesada y simple, fácil de reparar; sólo la ciencia que sustentaba su poderío era delicada e irremplazable.

Pero una especie de inventos tecnológicos brillaban por su ausencia. La biblioteca reflejaba una habilidad con la electrónica que casi se había vuelto instintiva; a los muchachos les gustaba fabricar pequeños conmutadores para enviarse señales entre sí a través de las habitaciones. Sin embargo no había televisión, teléfono, radio, trasmisiones telegráficas a o desde el Claro. No existía instrumento de comunicación a la distancia. Había un par de deslizadores neumáticos fabricados en la casa, en el Ala Oriental, pero éstos también eran usados principalmente en los juegos de los chicos. Eran difíciles de manejar en los bosques o en las agrestes sendas. Cuando la gente iba a visitar o comerciar a las otras Casas marchaba a pie, o a caballo si el trayecto era muy largo.



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