
El trabajo de la Casa y de la granja era liviano, no implicaba una pesada carga para nadie. El confort no iba más allá del calor y la limpieza, y la comida era fuerte pero monótona. La vida en la Casa tenía el nivel opaco de la existencia en comunidad, una frugalidad limpia y serena. La serenidad y la monotonía se originaban en el aislamiento. Cuarenta y cuatro personas vivían juntas aquí. La Casa de Kathol, que era la más cercana, distaba unas treinta millas hacia el sur. Alrededor del Claro, milla tras milla, la selva se extendía, espesa, inexplorada; indiferente. Selva salvaje y por encima el cielo. No había forma de conciliar lo inhumano con la restricción de lo humano como en las ciudades primitivas dentro del ámbito del hombre. Conservar la mínima expresión de una civilización compleja, intacta, entre tan pocos, constituía un éxito peculiar y peligroso, aunque a la mayor parte de ellos les parecía natural: era el modo de hacerlo; no se conocía ningún otro. Falk lo consideraba de manera ligeramente diferente que los chicos de la Casa, porque siempre tuvo presente que él había surgido de esa inmensa e inhumana maraña, tan siniestro y solitario como cualquier bestia salvaje que en ella deambulara, y que todo lo que había aprendido en la Casa de Zove era como un simple candil que ardiera en un gran espacio obscuro.
Durante el desayuno —leche de cabra, queso y cerveza negra— Metock le pidió que lo acompañara a cazar venados. Eso le gustaba a Falk. El Hermano Mayor era un cazador muy diestro, y él también estaba adquiriendo habilidad, esto les permitía, a Metock y a él, tener algo en común. Pero el Amo intervino:
—Lleva a Kai, hoy, hijo mío. Quiero hablar con Falk.
Todos en la casa tenían su propia habitación para estudio o trabajo y también para dormir en las épocas más frías. La de Zove era pequeña, de techo alto y llena de luz, con ventanas mirando al este, norte y oeste. Mientras contemplaba la maleza y el barbecho de los campos otoñales, el Amo dijo:
