
Falk no respondió.
—Nos ocultamos de los Shing. También eludimos aquello que una vez fuimos. ¿Te das cuenta de eso, Falk? Vivimos bien en las Casas… bastante bien. Pero estamos completamente dominados por el miedo. Hubo una época en que viajábamos en naves entre las estrellas, y ahora no nos atrevemos a alejarnos ni cien millas de la Casa. Conservamos algunos conocimientos y nada hacemos con ellos. Pero, alguna vez, utilizamos ese saber para tejer la trama de la vida como un tapiz a través de la noche y del caos. Ampliamos las probabilidades de vida. Hicimos obra de hombres.
Después de otro silencio Zove prosiguió, con la mirada elevada hacia el brillante cielo de noviembre.
—Piensa en los mundos, en los diferentes hombres y bestias que moran en ellos, las constelaciones de sus cielos, las ciudades que ellos construyen, sus canciones y costumbres. Todo eso está perdido, perdido para nosotros, tan completamente como tu niñez lo está para ti. ¿Qué es lo que realmente sabemos de la época de nuestra grandeza? Unos pocos nombres de héroes y mundos, un chismorreo de hechos que hemos tratado de remendar como historia. La ley de los Shing prohíbe matar, pero ellos matan el saber, queman los libros, y, lo peor de todo, falsifican lo poco que ha quedado. Se deslizan hacia la Mentira, como siempre. No tenemos ninguna seguridad en relación con la Época de la Liga; ¿cuántos de los documentos son falsificados? Debes recordar, por lo tanto, en qué medida los Shing son nuestros enemigos. Es común vivir toda una vida sin encontrar a ninguno de ellos, por lo menos sin saberlo; a lo sumo se escucha un coche aéreo que pasa a la distancia. Aquí, en la Selva, nos dejan vivir, y quizás suceda otro tanto en toda la Tierra, aunque no lo sabemos. Nos dejan mientras nos mantengamos en este lugar, en la jaula de nuestra ignorancia y aislamiento, inclinándonos cuando pasan por encima de nuestras cabezas.
