
—No lo olvidaré, Amo, si alguna vez encuentro al Enemigo.
—No lo encontrarás a menos que vayas hacia ellos.
La aprensión en el rostro de Falk cedió paso a una mirada atenta y tranquila. Lo que había estado esperando llegaba, al fin.
—Quieres decir si dejo la Casa —dijo.
—Tú mismo has pensado en ello —dijo Zove serenamente.
—Sí, lo he hecho. Pero no es posible que me vaya. Quiero vivir aquí. Parth y yo…
Vaciló, y Zove arremetió, incisivo y amable.
—Me honra el amor entre tú y Parth, la felicidad y la fidelidad de ustedes. Pero viniste aquí cuando andabas en pos de otra cosa, Falk. Tu relación con mi hija debe ser estéril; a pesar de ello, la apruebo. Pero también creo que el misterio de tu estadía y de tu llegada aquí es importante, no insignificante y desechable; que tú transitas por un camino que sigue más allá; que tú tienes que…
—¿Tengo qué? ¿Quién puede decirlo?
—Aquello que no se nos concedió y que a ti te robaron deben tenerlo los Shing. Puedes estar seguro de ello.
Una dolorosa y destructora amargura se percibía en la voz de Zove, como nunca hasta entonces escuchara Falk.
—¿Acaso aquellos que no dicen la verdad contestarán a mi pregunta? ¿Y cómo reconoceré lo que busco cuando lo encuentre?
Zove se quedó silencioso nuevamente y luego dijo con su acostumbrada tranquilidad y mesura.
